Un rima, dos rimas, ahí van tres.
Cuando John estaba en el escenario nadie era dueño de su mente. Dejaba de sentir el peso de su empleo sobre sus hombros y las palabras de su boca se deslizaban lentamente.
Qué gran sensación de libertad ha de sentir cada vez que destroza a su adversario, con una rima más aguda que la anterior, nadie lo puede bajar del escenario.
- ¡Se metió con su madre!
Exclaman algunos en el público, mientras otros ríen por semejante oda a la vagina progenitora del otro músico. El sudor cae de su frente, pero eso no le nubla su visión. Inteligencias múltiples decían, tal vez no soy bueno para las matemáticas pero igual te estoy partiendo el culo en el escenario, pensaba John.
La vergüenza no le dará chance de réplica y si de algo sirve su lírica no dará cabida a devoluciones esporádicas de un adversario que con poca técnica intentará salvar un pelea que ya es obvio es su décima pérdida.
Y que John con rus rimas endiabladas no sabía que más agregar, ya ha callado a su contrincante y de la cima lo va a bajar. Media vuelta mostrando su trasero, le da la espalda por última vez, a ese rapero que con certeza se ha dado cuenta, que al soltar John el micrófono, al pastel le ha puesto la cereza.
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