Él no se lo esperó. Al pasarse el semáforo en rojo nunca imaginó que yo, una
persona más que sufre las injusticias de la carretera, fuera capaz de hacer
semejante cosa.
Conducir un automóvil te cambia, te transforma, te hace una persona
diferente.
Estando frente al timón tu parte animal se apodera de ti y la evolución del
cerebro retorna a su estado natural y se renueva desde dónde lo habíamos dejado
hace ya tantos años.
Debes ser el primero, debes ser el más rápido, el más malo, el más vivo.
Una jungla de asfalto.
Creo que sólo estaba esperando la oportunidad. Y llegó. Hora pico, 12 del
medio día, un "pequeño" atasco que significó una demora de 30 minutos
para saborear la deliciosa comida que me esperaba en casa y apareciste tú. Te
estuve esperando. El semáforo que cruzaste en rojo era todo lo que necesitaba,
la justicia me llamaba.
Te alcancé en una esquina y te cerré la vía. Todos podrían ver como se
impartía la justicia de la carretera. Saqué mi bate y con un swing más potente
que el de Ruth conecté tu parabrisas. ¡Roletazo por tercera base hasta tu alma!
La sensación de libertad se convirtió rápidamente en el desahogo que
necesitaba. Tú ibas a pagar por todos los que en algún momento pensaron ser los
primeros, los más rápidos, los más malos y los más vivos. Esto es una jungla de
asfalto y aquí yo soy el Rey.
"¡Estás loco! ¡¿Por qué haces algo así?!"
Fue lo último que escuché de ti. Al mirarme a los ojos entendiste que esto
no era algo que pudieras controlar, así que callaste. El miedo te invadió y la
frase "No te vuelvas a volar el semáforo" salió de mi boca de cincel
para quedar grabada en tu mente de piedra. Mente que no permitirá jamás una
nueva infracción.
Parabrisas roto, puertas magulladas, luces de freno cómo salidas de una
guerra, tu cabeza intacta; aquí el objetivo no era dañar tu integridad física. Si hay algo que le duele a una persona más que un hueso roto es una billetera
maltratada. Mi trabajo aquí terminó.
Me subo nuevamente a mi automóvil y lentamente comienzo mi "huída"
con el carro más vendido del último año - full equipo y gris -. Cuando cruce la
esquina estoy 99% seguro que me encontraré al menos cuatro carros idénticos al
mío. No tengo nada que temer. Cruzo la esquina.
El olor a sangre se apodera de mi maltratado cuerpo. El carro con su
parrilla completamente hundida no pudo evitar el embate de semejante bestia. Si
hay algo que te enseñan donde vivo es que no debes ir en contra de los animales
más grandes, después de todo, esos buses son los culpables de las mayores rabietas
de conductores pacíficos.
No pensé que mi reinado estuviera destinado a ser tan fugaz. ¿Karma? ¿Acaso
el universo castiga a los que se atreven? Ya no me duele el cuerpo, ya no
siento nada y el ardor que llevo en el pecho no tiene nada que ver con el tubo
de acero que atraviesa mi tórax. Estas lágrimas que caen son producto de la
certeza que tengo en los titulares de prensa. Muere hombre al volarse la
escuadra.
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