Él no se lo esperó. Al pasarse el semáforo en rojo nunca imaginó que yo, una
persona más que sufre las injusticias de la carretera, fuera capaz de hacer
semejante cosa.
Conducir un automóvil te cambia, te transforma, te hace una persona
diferente.
Estando frente al timón tu parte animal se apodera de ti y la evolución del
cerebro retorna a su estado natural y se renueva desde dónde lo habíamos dejado
hace ya tantos años.
Debes ser el primero, debes ser el más rápido, el más malo, el más vivo.
Una jungla de asfalto.
Creo que sólo estaba esperando la oportunidad. Y llegó. Hora pico, 12 del
medio día, un "pequeño" atasco que significó una demora de 30 minutos
para saborear la deliciosa comida que me esperaba en casa y apareciste tú. Te
estuve esperando. El semáforo que cruzaste en rojo era todo lo que necesitaba,
la justicia me llamaba.
Te alcancé en una esquina y te cerré la vía. Todos podrían ver como se
impartía la justicia de la carretera. Saqué mi bate y con un swing más potente
que el de Ruth conecté tu parabrisas. ¡Roletazo por tercera base hasta tu alma!