La inspiración va y viene.
Cada cierto tiempo agarro mi lápiz y comienzo a escribir. No es fácil. Nadie dijo nunca que lo fuera, pero al colocar el último punto en la página, lo único que puedo hacer es escuchar las palabras retumbando una y otra vez en mi cabeza, al son de los latidos de mi corazón y tan suaves como el aire en mi respiración. Es una sensación inimitable.
Es un hijo, es un padre, es tu dueño y tu posesión. Es increíble que 100 palabras colocadas una delante de otra puedan producir tanto placer. Placer para el que crea, placer para el que lee. O al menos eso indica mi ego.
Son solo palabras, son solo pensamientos, sin embargo, tienen la increíble capacidad de convertir unas cuantas horas, en días, meses y años plasmados con caracteres sobre hojas de papel.
Eres tan afortunado que puedes vivir múltiples vidas y viajar a donde nunca has ido, conocer a quien no existe o seguir enamorándote de quien sí. Te vuelves amo y señor de tu destino y el de los demás. Al menos hasta que el grafito se agote.
Solamente me queda confesar que ya no tengo más que agregar, lo único que me impulsa a seguir escribiendo es saber que al colocar el último punto en la página, escucharé las palabras retumbando una y otra vez en mi cabeza, al son de los latidos de mi corazón y tan suaves como el aire en mi respiración. Será una sensación inimitable.